¿Y a las fábricas de autos ya no les gusta México?

El Financiero/Jonathan Ruiz Torre

Hubo un tiempo en el cual las inversiones en nuevas plantas automotrices en México arribaron a un ritmo promedio de casi 3 mil 500 millones de dólares por año, pero desde hace tres años que no llega una más.

El mayor banco estadounidense JP Morgan contabilizó la inversión por 24 mil 152 millones de dólares solamente de extranjeros en el sector, comenzando con una de 300 millones de dólares de Chrysler en Coahuila en el primer trimestre del 2009 y concluyendo con la de mil millones de dólares de Toyota en Guanajuato, en 2015.

Después de eso, acaso inversiones de menor dimensión o de actualización solamente, como la revelada este mes por Armando Ávila, vicepresidente de manufactura de Nissan, por 278 millones de dólares que aplicarán en Aguascalientes.

De 2009 a 2015 México enamoró casi a todas: GM, Ford, Volkswagen, Nissan, Mazda, Honda, Audi…

Durante la presente década las inversiones de las extranjeras subieron de 2 mil 674 millones de dólares en 2010, a 6 mil 866 millones en 2017, de acuerdo con JP Morgan.

Esos números no cuentan la aportación de empresas mexicanas que se subieron al tren automotriz. Compañías como Vitro, Metalsa, Grupo Kuo o Nemak, acompañadas quizás de cientos o miles de pequeñas y medianas nacionales cuyas apuestas ya no crecen. La inversión en México, también en esta actividad, está en riesgo.

La razón del freno puede estar en la política. Desde su campaña de 2016, el presidente Donald Trump atacó a la manufactura extranjera, en especial a la china y a la mexicana.

Esos golpes derivaron en la amenaza directa de sacar a Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), lo que concluyó con la renegociación de un nuevo acuerdo que aún no es ratificado por los legisladores ese ese país, el Tratado México Estados Unidos y Canadá (TMEC).

Indudablemente eso cargó de riesgo las inversiones que pueden hacerse al sur del Río Bravo.

Pero también la casa puso condimentos. La campaña del presidente Andrés Manuel López Obrador se basó en atacar el sistema económico que hizo posible esas inversiones automotrices, en especial al sector energético sin el cual la industria no puede operar.

Atención, el sector automotriz no es un flan napolitano. Queda claro que a México sus empresas vinieron a bajar costos, en especial de salarios.

Una investigación reciente de Bloomberg reveló un acuerdo entre la BMW y la CTM para topar los salarios de sus empleados en San Luis Potosí:

“El documento, visto por Bloomberg, establece un salario inicial de 1.10 dólares por hora y un salario máximo de 2.53 dólares para trabajadores de la línea de ensamblado.

“La documentación fue presentada dos años antes de que BMW empezó a construir la nueva planta, que producirá sedanes de la serie 3, de 45 mil dólares. Cuando los trabajadores empiecen a entrar a la fábrica en algún momento del próximo año, es muy probable que la mayoría no sepa que pertenecen a un sindicato”, expuso esa agencia respecto de su investigación de 2017.

Pese a este tipo de anomalías, el sector sí elevó los bajos ingresos de las personas en las regiones en las que se instaló. Así de malos fueron antes los sueldos.

Por eso es que los mexicanos deben analizar a fondo el problema de la industria automotriz, si pretenden que regresen esas oportunidades.

Los datos expuestos por JP Morgan los recopiló de información obtenida por Proméxico, que desapareció en la administración del presidente López Obrador.

Urge el análisis, pues no hay una estrategia visible para la atracción de inversiones y México enfrenta hoy el reto de una tendencia que puede cobrar fuerza: la manufactura “nómada”, de la cual escribiré pronto.

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